Día de la Mujer Rural
15/10/2026
VIVIR, CUIDAR Y RESISTIR EN EL MEDIO RURAL
Nací y crecí en el occidente rural de Asturias. Soy ganadera, madre y mujer de pueblo. Mi vida se mueve al ritmo del prado, del establo y de las personas que quiero. En casa somos muchos: dos hijos con discapacidad y una madre mayor a la que cuidamos entre todos.
Mi día empieza temprano y acaba tarde, entre vacas, terapias, compras, médicos y kilómetros de carretera en mal estado. Y aunque a veces el cansancio pesa, sigo aquí, con la cabeza alta, porque amo esta tierra y la vida que elegí.
Llevo más de veinte años vinculada a la Fundación Edes. Sin su acompañamiento, no sé cómo habríamos salido adelante. Gracias a ese apoyo, mis hijos han podido crecer, y yo he podido respirar. Pero en el medio rural todo cuesta el doble: las distancias, la falta de servicios, infraestructuras... el tiempo no alcanza.
No pido privilegios. Pido poder vivir con dignidad, cuidar sin rompernos, trabajar sin culpa y envejecer sin miedo.
Hablo por mí, pero también por muchas mujeres que sostienen la vida en silencio. Hoy soy yo, pero mañana podrías ser tú. Porque tarde o temprano, todas las familias necesitamos apoyo.
Lo que vivimos y lo que necesitamos desde nuestro punto de vista:
Las madres cuidadoras en el rural necesitamos apoyos reales, no discursos.
Servicios que puedan venir a casa unas horas, para ir al médico o hacer una gestión sin tener que llevar a toda la familia detrás.
Necesitamos formación flexible, cursos que podamos seguir después de ordeñar o cuando los niños y niñas duermen.
Y necesitamos salud mental cercana, porque cuidar sin descanso también rompe por dentro.
Hay días en los que me quedo cinco minutos en el coche antes de entrar en casa, solo para respirar.
Una psicóloga comarcal, un grupo de mujeres que escuche sin juzgar, puede devolvernos el aire.
Las mujeres con discapacidad en el rural se siguen tropezando con los mismos muros. Trámites imposibles, oficinas lejos, papeles que nadie explica. Queremos accesibilidad universal de verdad: que nos atiendan con paciencia, con palabras sencillas, sin barreras ni prisas. También formación y empleo con apoyos reales, sin tener que elegir entre trabajar o perder la ayuda que nos permite llegar al trabajo.
Las niñas y jóvenes con discapacidad necesitan servicios públicos dignos y cercanos: pediatría, rehabilitación, salud mental.
No puede ser que un tratamiento implique horas de carretera cada semana.
La escuela rural debe ser fuerte, con profesionales estables que las acompañen y crean en ellas, el ocio inclusivo no puede ser un lujo.
Un taller en el pueblo vale más que una actividad a cincuenta kilómetros.
Queremos también Internet garantizado, porque sin conexión no hay igualdad.
La brecha digital es hoy una forma más de exclusión.
Y hace falta ya la figura del asistente personal:
Personas formadas que acompañen de manera profesional, y ayudas ajustadas a la realidad. Porque si la prestación cubre dos horas semanales y necesitas cinco, la cuenta no sale.
Las mujeres mayores merecen un envejecimiento digno:
Acompañamiento, vivienda accesible y transporte local para seguir participando en su comunidad.
Un microbús al mercado o al centro social no es un lujo: es independencia.
Y si las pensiones no alcanzan para cubrir pañales, medicación y ayuda en casa, entonces no estamos garantizando derechos, sino condenando a la pobreza.
Y no me olvido de las mujeres profesionales cuidadoras, las que trabajan atendiendo a otras.
Ellas también necesitan estabilidad, formación y contratos dignos.
Si las cuidadoras están bien, todas estamos mejor.
Y las mujeres del campo, las que llevan toda una vida ordeñando, sembrando, cuidando y sosteniendo, merecen pensiones que reconozcan su trabajo invisible.
Porque también cotiza quien ha trabajado de noche en el establo y de día en casa.
Vivir en el medio rural no puede ser una desventaja vital. Los cuidados sostienen la sociedad, pero no pueden sostenerse solo con el sacrificio de las mujeres.
Pedimos:
Servicios públicos cercanos y continuos: salud, salud mental, educación y rehabilitación sin esperas eternas.
Pedimos transporte útil y ayudas al desplazamiento que conecten de verdad con el trabajo y las terapias.
Pedimos conectividad garantizada, porque si llega el 4G a la aldea, llega también la oportunidad.
Pedimos conciliación real, con apoyos a domicilio y asistencia personal que se adapten a nuestras vidas cambiantes.
Queremos poder trabajar con apoyos sin perder derechos, y vivir de forma independiente en viviendas accesibles.
Y queremos reconocimiento económico y social: el cuidado es trabajo, y si no se paga, lo paga nuestro cuerpo.
En definitiva:
No pedimos heroinas ni discursos.
Pedimos derechos.
Queremos criar con tiempo, cuidar sin rompernos y envejecer con dignidad.
Queremos que nuestras hijas e hijos puedan quedarse en el entorno si así lo desean, con oportunidades de una vida digna y que el rural también cuide a quien cuida.
Hoy hablo yo, pero hablo por todas.
Manuela Rodríguez -27 de octubre 2025